Es algo que cuento a veces en clase: mi propia 1a experiencia con el yoga, que fue, en realidad, muy graciosa.

Llegué a un estudio donde se practicaba Ashtanga. Obviously, yo ni sabía lo que era. A mi me había dicho mi fisio que el yoga me iría muy bien para la  espalda. Total, que llego allí mirando por encima del hombro, porque ¿qué hago yo allí, si yo soy runner, snowboarder, nadadora? ¿qué hago allí, yo, al lado de una señora de 60 años? ¿qué me van a enseñar a mi?

Todo y todos en aquel lugar me dejaron flipada. La concentración de las miradas, la intención en los movimientos, la atmósfera que parecía latir. Y yo, con mi cuerpo joven y fuerte y mi mente llena de creencias absurdas y turbulencias, como si todo eso estuviera pasando por y para mi, me lo tomé personalmente. En aquel momento solo tuve ganas de volver y volver para demostrar que yo podía más y mejor.

Y, vean como la ocurrencia más ignorante me encaminó hacia algo maravilloso. Conocerme a mi misma.

De esta anécdota hace ya unos 15 años. Y de esa semilla inesperada ha brotado la vida que vivo hoy. Gracias a ese hecho inesperado y todo lo que ha seguido he aprendido, sobretodo, a estar presente y a ser consciente. A estar despierta. A vivir minutos que tejen horas que tejen días que tejen años.

Ahora entiendo (no todo el tiempo, aún) que no soy mis circunstancias, ahora me vivo desde la serenidad (con sus más y sus menos, que una no es Buda) y todo empezó cuando al cruzar la puerta del estudio de yoga (aunque probablemente podría haber sido también al pillar una ola, o al subir una montaña o cualquier otra cosa) me topé conmigo misma.

No tengo demasiado interés por lo místico, la verdad. No me identifico con ello. Me interesa la emoción, la vivencia, el olor a ropa usada, a perro mojado, las lágrimas de felicidad o de impotencia, el abrazo de una amiga. Me interesa el mirar de cara a ese pensamiento incómodo que me ha estado asediando durante días, el hablar con honestidad y respeto. Me emocionan el honor y la integridad. Soy una defensora del conocimiento de uno mismo y de reclamar la propia autenticidad, de transitar los claroscuros y volver transmutados, de romper el propio molde cada día.

Aquí estaré, contando cosas.