Cuando llegué a mi primera formación para ser profesora de yoga no tenía ni idea de lo que me iban a contar. Yo, honestamente, me había enamorado del hecho de poder ganarme la vida moviéndome. Me gusta moverme, es lo que se me da mejor.

Me contaron sobre la filosofía, la ética, la anatomía, la espiritualidad del yoga. Y al acabar me dieron un título, un abrazo caluroso y me dijeron que ya podía dar clases. Y yo me lo creí. Me contaron muchas cosas que tardé un par de años en asimilar, pero al cabo de un par de meses ya estaba dando algunas clases semanales.

El primer día de clase en un club deportivo me llevé un buen chasco. Uno de los asistentes, un señor mayor, vino a decirme al final de la clase que «aquello» no había sido ni de lejos una clase de yoga.
En mi propia práctica, durante mucho tiempo, me sentía incapaz. No era lo suficientemente flexible. No sabía mantenerme en posturas invertidas. No practicaba pranayama. No me atraía la figura de ningún gurú. No comprendía la necesidad de la práctica continuada.

Con el tiempo, la práctica, la experiencia, el conocimiento o lo que sea he ido llegando a mi relación óptima con el yoga. La mía. Personal. Íntima. Privada.
He comprendido que la noción de Yoga es demasiado para mi. Yo necesito pequeñas partes de esta noción que abarca tantísimos aspectos.

La ética del yoga (yamas y niyamas) es mi timón, es lo que me permite relacionarme con integridad.
Asana ha dejado de interesarme como tal, pero la idea de buscar equilibrio y concentración a través del movimiento del cuerpo permanece.
¿Pranayama? Bueno, cuando tengo ansiedad observo mi respiración, cuando tengo insomnio también, cuando estoy a punto de REaccionar también ¿eso cuenta?
Interiorización (pratyahara) y concentración (dharana) son la constante en mi práctica de movimiento y en mi práctica como madre de 2 (¿conscious parenting anyone?).
Meditación cada día un rato, aunque quizás no en el sentido tradicional. Observación de la naturaleza, dedicación a las tareas rutinarias, ese tipo de cosas.
Samadhi, are you kidding me?

Digamos que lo que yo he sacado en claro en estos últimos 10 años es que la vivencia del yoga se experimenta mejor a nivel íntimo, requiere de mucha implicación y no se puede captar con 4 gotas o 1h de clase. Es, efectivamente, una vivencia.