Despúes del nacimiento de mi segundo hijo estuve varios meses inactiva. Estaba agotada. Dormía muy poco. Tan sólo encontraba algunos momentos para hacer los ejercicios de recuperación del suelo pélvico.
Es una secuencia de movimientos muy técnica y para ejecutarla hay que estar muy atento. Digamos que igual de atento que mientras practicas una secuencia de yoga. Y ahí fue cuando algo hizo «clic».

En nuestros días, cuando hablamos coloquialmente de yoga hablamos principalmente de su parte física, de asanas. Los 7 miembros restantes de Yoga, brillan por su ausencia a no ser que uno asista a una formación o taller de más duración. Cuando uno va a una clase, lo que practica es asana. Quizás algo de pranayama (regulación de la fuerza vital a través de la respiración). Quizás algo de dharana (concentración) si uno es capaz de mantenerse presente. Quizás, y si uno se toma el tiempo de revisar su código ético, podemos hablar de los Yamas y los Niyamas.

Y todavía diría más: gran parte de los asistentes a una práctica de yoga lo hacen esperando un «workout», una sesión de ejercicio físico que les haga sudar y salir sintiendo que se han puesto en forma y han desconectado un rato.

Y yo digo ¿y por qué no?
Muy bien, recapitulemos. So, los movimientos contraculturales (los hippies) de finales de los ’60 se giraron hacia las prácticas espirituales y filosóficas orientales para llenar el vacio existencial en que se vieron sumidos tras rechazar los valores clásicos de la cultura occidental. Se iban a los ashrams de la India a pasar meses, estudiar, aprender, practicar técnicas centenarias y milenarias en la fuente original. Y luego volvían a casa, con una luz especial en los ojos, y la realidad de su entorno de toda la vida les daba una bofetada. (Jack Kornfield cuenta al inicio de su libro «A path with heart» su experiencia como joven monje budista de vuelta en NY, por ejemplo).
En esos tiempos todas esas prácticas tuvieron mala prensa, eran de maleantes y desubicados, pero como pasa con todo, estos early-adopters fueron creciendo en número hasta que todo ello ha llegado a ser mainstream. Y ¿qué pasa cuando algo se vuelve una tendencia mayoritaria? Pues que forzosamente se ha diluido, se ha desvirtuado para (¿o porque?) llegar a un mayor número de personas.

Y esto es lo que ha pasado con el yoga. Cualquier persona de nuestro continente trabaja una media de 6-8h, 5 días a la semana. Además, tiene hobbies, hijos, responsabilidades, ilusiones o lo que sea. «¿Yoga? ¿Dónde lo meto? Bien! tengo un huequito de 13h30 a 15h, me voy a clase!» Y en esa hora u hora y media, deja que su cuerpo le hable, se conecta a su respiración, deja fuera el loop habitual de pensamientos y se siente mejor.
Y yo digo ¿y por qué no?

Ese fue el «clic» que escuché ese día haciendo mis ejercicios hipopresivos. A mi entender toda práctica hecha con atención, intención y conciencia puede ser yoga, aunque no nos ciñamos a la tradición. Porque, de verdad, yo no ando por el mundo en túnica y con ceniza en la frente como los sadhus. Mi nivel de dedicación es completamente diferente, porque vivo una existencia completamente diferente. Mi base educativa, ética, cultural, emocional es completamente diferente. Mi intención es diferente.

Entonces, todo es yoga o ¿todo es yoga?

Pat Obach - Blog -Todo es yoga